Cuando el miedo se impone a la política

/ 7 feb 2011 /

(nota publicada en el Diario del Fin del Mundo) Hay temas públicos y privados tabúes. Son aspectos inabordables y silenciosos, que generan un temor reverencial a producir cambios. No hay justificación racional ni pública para sostenerlos. Son, en definitiva, factores intocables de cada comunidad.
La resistencia a producir transformaciones se basa en que el ejercicio de cualquier forma de poder depende, en la gran mayoría de los casos, de su permanencia en el tiempo. Es un mecanismo de supervivencia y genera la certeza sobre la cual existe cierto grado de seguridad de que el núcleo central de poder se mantendrá lo más intacto posible.
Así, en términos políticos (de la vida y el poder público), el circuito cerrado de decisiones garantiza la continuidad de la aristocracia que se enquista en la cima de los partidos políticos, sindicatos, entre otros, y que logra mantenerse en el tiempo con una escasez preocupante de democracia hacia dentro y fuera de las instituciones que intervienen sobre la vida pública. Queda, entonces, la administración política en manos de una elite que hace todo lo posible por perpetuarse allí.

Las elecciones simultáneas que han sido convocadas para el próximo 26 de junio ponen en evidencia, una vez más, la trama secreta de acuerdos para bloquear reformas que el sistema electoral fueguino necesita. Se prioriza “lo que conviene” por sobre “lo que se necesita”.
La resistencia a producir innovaciones se basa, entre otros motivos, en el miedo a la pérdida de poder de quienes tienen “la sartén por el mango”. Desde esta idea se entienden las resistencias a los cambios en el Consejo de la Magistratura (el organismo con mayor descrédito público), a boicotear los concursos en la administración pública, como a las reformas electorales que hay que instrumentar para actualizar y democratizar el sistema político provincial. Un ejemplo evidente es la negativa explicita a habilitar la posibilidad de utilizar el voto electrónico en las elecciones provinciales. Lo mismo sucede con la anulación del sistema de tachas.
Es, ante todo, temor a perder poder. Temor a no poder perpetuarse y permitir el recambio generacional. Miedo a perder el control de lo público: las compras, designaciones de familiares y amigos, las grandes licitaciones. Por sobre todo, temor a perder el control de los contenidos de la agenda pública. Temor a perder capacidad de incidir sobre lo que se puede discutir y no.
Muchas reformas, tal como se percibe, están “pisadas” por prejuicios y desconfianzas. A contracara, las sociedades modernas son aquellas en que la innovación, la creatividad y el cambio funcionan como aspectos constantes y valorados; de allí que la administración del poder público debe acompañar procesos similares y no limitarse a autoprotegerse con prácticas tradicionales.
Además del voto electrónico y del sistema de elección de representantes, la realidad obliga a pensar el funcionamiento de algunas instituciones públicas. Una de ellas es la vicegobernación. El binomio del ejecutivo ha demostrado ser innecesario y un factor preponderante de crisis políticas, a nivel provincial como nacional. Tarde o temprano, habrá que revisar el rol de la figura secundaria del ejecutivo.
Corremos el riesgo de, a pesar de todos de los avances que existen, de quedar atrapados en una telaraña en donde todo circule en función de una aristocracia política que se beneficia con una sociedad que permite que todo siga igual.
No se pueden entender los problemas públicos que tenemos sin tener en cuenta los miedos que afligen a los sectores que se perjudicarían con los cambios. De allí que, detrás de cada negativa a modernizar un proceso público, habría que tratar de comprender quiénes son los verdaderamente perjudicados.
El juego del miedo es tan antiguo como la humanidad. Entre otras reformas que generaron profundos cambios, no tendríamos voto universal y secreto, y se seguirían sucediendo los gobiernos fraudulentos. Las mujeres (el ejemplo más importante en términos políticos) no podrían votar, postularse, legislar y gobernar.
Sigue sin aparecer argumentos racionales para impedir las reformas políticas que, cuando se produzcan, terminarán llegando tarde o, en el mejor de los casos, después de una nueva crisis evitable. Miedo y democracia funcionan como conceptos incompatibles entre sí, de allí que las próximas elecciones abiertas serán, a pesar que se pierde una nueva oportunidad, otro campo de sordas disputas.

1 comentarios:

Anónimo on: 20 de abril de 2011 a las 12:55 dijo...

Lamentablemente estamos "atrapados en una telaraña donde todo circula en función de una aristocracia política"... y a los ciudadanos de a pie no nos queda más que intentar modificar algo a través del voto, lo que es IMPOSIBLE...

Paulina

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