Esa adicción de borrar con el codo lo que escribe la mano.

/ 31 dic 2010 /
El ambiente y el desarrollo sustentable son términos que se han posicionado dentro de la agenda de asuntos políticamente correctos. Sabe bien preocuparse por el cambio climático. Se han vuelto atractivos para quienes viven pendientes de la opinión pública. Suenan bien anuncios y compromisos en favor de una menor contaminación y en la ejecución de acciones que no dañen los ambientes en riesgo. Se cae, lamentablemente, en la tentación de aprobar normas sin compromiso alguno por cumplirlas, o conferenciar sobre acciones estatales que nunca se llevarán adelante. Bla, Bla ambiental.
El cinismo (desvergüenza, según se mire) queda al desnudo al evaluar promesas y compromisos en relación a niveles de inversión directa en saneamiento. Sucede lo mismo con la aprobación de obras que provocan serios daños ambientales y paisajísticos. Entonces, las promesas públicas de trabajar en post de un ambiente sano deben, por ejemplo para Ushuaia, ir acompañadas de un plan director y de un paquete de obras para reorganizar el desvastado sistema de tratamiento de líquidos cloacales. En este sentido, también debieran evaluarse, con suma responsabilidad, los anuncios de faraónicas obras sobre la costa del Beagle.

Sólo hace falta adquirir el hábito de corresponder promesas o expresiones políticamente correctas con los proyectos de inversión y actos gubernamentales coherentes. Si se anuncia que la prioridad es la educación, por ejemplo, su correlato debe observarse, como mínimo, en el esfuerzo presupuestario (porcentaje asignado sobre el total). Lo mismo sucede con el ambiente y la salud: las expresiones grandilocuentes tienen (y deben) ir de la mano de inversiones y acciones que se  correspondan. No mucho más.

Sin embargo, aunque duela reconocerlo, existe un claro divorcio entre compromisos y acciones concretas. En más o en menos, se han ido dos años de promesas de obras de saneamiento que traerían mejoras directas a la población. De allí que no desarrollar programas para revertir esta situación y permitir el avance de algunos proyectos de riesgo es de una liviandad preocupante.

El 2010 fue el año del Congreso Internacional de Derecho Ambiental, del primer Encuentro Comunitario Costero, la aprobación del Plan de Manejo de la costa de la ciudad, la puesta en marcha del sistema protectivo del bosque nativo, entre otras tantas utopías. Sin embargo, en un año tan ambiental, diciembre cierra con las mismas preocupaciones de periodos anteriores, y siempre terminan por imponerse otros intereses a las promesas de defensa de lo público. Son errores intencionales o de los otros. Es por desidia o incapacidad. Por lo que sea, nuestras condiciones ambientales no han mejorado de un año al otro y los estados no se han vuelto más eficientes para controlar la ambición individual sobre la general. Y seguirá así la situación (empeorando) hasta tanto no se priorice y se haga lo necesario para revertir el cúmulo de hechos que nos van llevando (no tan lentamente) al principio de una emergencia ambiental. El aroma costero es un botón de muestra. El murallón de contenedores (al que nadie pone límites) es otro indicador de apropiación del paisaje.

Los porcentajes de los presupuestos públicos y del Fideicomiso Austral destinado al tratamiento de efluentes cloacales hablan por si mismos. Lo mismo sucede con la cantidad de espacios costeros recuperados para ser utilizados como espacios públicos. Aunque suene medieval, Ushuaia funciona como una urbe en donde la inmundicia se vuelca sin ninguna responsabilidad.

Esto nos damos, y esto mostramos al mundo. 

1 comentarios:

Anónimo on: 16 de enero de 2011 a las 6:26 dijo...

hola guillermo, muy interesante tu nota, saludos, gustavo

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