nota publicada en www.eldiariodelfindelmundo.com
Hay un alto nivel de disgusto con la política en general. No es el rechazo al sistema democrático en sí mismo, sino al tipo de práctica política. La ciudadanía generalmente, sobre todo en los últimos años, no evalúa discursos o posturas ideológicas, sino el balance global de resultados. Esto se traduce en el cumplimiento o no de servicios mínimos que el Estado debe garantizar. La opinión o sensación pública se construye entre la percepción directa de resultados y la construcción de agenda que consolidan los medios de comunicación. No puede haber servicios deficientes y comunicaciones exitosas. Aunque lo nieguen, los gobiernos lo saben.
Los resultados sobran: escuelas y colegios sin clases, jubilados (regulares y de privilegio) cobrando en cuotas y sin certezas de pago, hospitales con servicios colapsados, emergencia urbana por carencias en la potabilización de agua y contaminación por cloacas, entre otros tantos aspectos que surgen día tras día. Esto es lo que juzga la ciudadanía.
El Gobierno sabe que es inconveniente decirle al electorado cosas que no tiene interés en escuchar, sobre todo a 5 meses de renovar senadores y diputados. Aunque lo oculten las autoridades en general (ejecutivos, legisladores y jueces), el sistema de seguridad social ya no da para más.
En estos contextos, las salidas más recurrentes son las alianzas entre bambalinas. Estando en crisis la administración, la luz al final del camino se advierte en negociados políticos que incrementan la falta de confianza en la ciudadanía. ¿quién gobierna efectivamente, el partido que logró más votos o la mayoría automática que cerraron en la Legislatura? ¿quién es el verdadero ministro de Economía? ¿gobierna Ríos y decide Aramburu? ¿Löffler es sólo un legislador con bajo perfil? ¿los legisladores radicales acompañan a sus respectivos intendentes? ¿Garramuño es cercano al Gobierno provincial?
El Gobierno fueguino enfrenta, con más de dos años por delante, grandes problemas. Deberá resolver el futuro inmediato de la seguridad social, la insatisfacción creciente de alumnos, padres y docentes, déficit profundo en infraestructura básica (hay obras que no se habilitan por falta de gas) y un sin número de conflictos latentes.
El electorado nunca dejó de creer en la democracia, aunque parece difícil identificar quienes serán los dirigentes que comandarán el largo y duro proceso para salir de esta crisis. Sucede que se están aplicando formas y prácticas políticas que resultan erróneas para la escala creciente de problemas que tienen que administrar.
Estamos viviendo, mal que nos pese, una democracia en donde se toman decisiones sin consentimiento de los gobernados, lo que lleva a vivir sin el ejercicio efectivo de la ciudadanía.
¿Cómo se puede juzgar a este Gobierno? Una de las manera es por el tipo de decisiones en que el pueblo puede opinar. Como no se ha abierto ningún canal de participación, la expresión popular se va consolidando en la calle con formas que, tarde o temprano, terminarán en algún episodio que todos terminemos por lamentar. Macri dio un ejemplo horas atrás.
El Gobierno debe remontar la sensación de malestar que se ha instalado en Tierra del Fuego. Uno de los caminos a recorrer es abrir el juego a la ciudadanía y lograr apoyo mediante actos en donde la comunidad pueda legitimar las grandes decisiones que vienen por delante.
Para el caso de seguir bajando el nivel político, no puede esperarse otro escenario que el incremento del malestar. A más tardar, si nada cambia, a fines de octubre, la ciudadanía terminará expresándose en las urnas. Será cuestión de aprovechar el intermedio que nos queda.

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