Que parezca transparente

/ 30 jun 2010 /
(nota de opinión publicada por el Diario del Fin del Mundo -aquí-
La tentación de favorecer a socios, familiares y amigos desde un Estado todo-presente es un desafío complejo de superar. La transparencia pública es una fórmula que encandila, al punto que hace prometer, en la mayoría de las veces, más allá de la capacidad de cumplimiento. Si bien el rédito es alto, el costo de actuar dentro de una caja de cristal – desde donde se es mirado y desde todas direcciones- exige una estricta autodisciplina y métodos que garanticen que lo hechos se relacionan con los dichos.

Gestionar con transparencia es mucho más complejo que prometer y hablar del tema. Los funcionarios, a todo nivel, están expuestos a infinidad de tentaciones al momento de decidir entre uno y otro camino. Tramitar un cargo para un familiar que estudia en Buenos Aires, favorecer a un amigo que acaba de escribir su anhelado libro, torcer el orden de un concurso para elevar la posición de un candidato de confianza, extender innecesariamente una comisión de servicios – viáticos pagados por el Estado mediante- para visitar a los lejanos afectos, contratar a un comerciante de confianza en lugar de respetar la mejor relación calidad- precio, privilegiar a la empresa desde donde se proviene, utilizar el cargo como un trampolín para garantizarse continuidad post gestión en otro organismo, son algunas de los tantos incentivos. No es robar, estrictamente. Es favorecer desde un lugar de privilegio.
Tal como favorecer es algo indebido, prometer ¨arbitrariedad cero¨ es un desafío competente para personas excepcionales.
La transparencia es un concepto tan políticamente correcto que su promesa es una tentación difícil de desechar. La tendencia muestra que es un valor que intentan exhibir las gestiones con baja actividad demostrable. Las formulas ¨roban, pero hacen¨  y ¨nos enriquecemos y defendemos derechos humanos¨ son valores socialmente aceptados en un amplío sector de nuestro país. ¨Somos el menor de los males¨ es un axioma que tiende a imponerse a nivel local.
El problema se sucede cuando las gestiones comienzan a percibir mejoras en su nivel de aceptación. Seguros de sí mismos, autoridades y funcionarios que descubren la mejora de la percepción de su gestión se distienden en la autodisciplina y surge la tentación de beneficiar y resguardarse el futuro.  
Entonces, allí, en ese desliz, es donde aparece la imposición de parecer transparentes. Inseguros, necesitados de validación popular, la transparencia era un recurso que contrarrestaba el déficit de gestión. No se cumplía por un lado, aunque se garantizaba otra fórmula conformista: las cosas no salen, pero no roban.
La expresión a sotto voce ¨que parezca transparente¨ empieza a merodear el ambiente en que vivimos. Conscientes de las nuevas fortalezas, no debieran dejar de cumplirse las promesas que tantas veces se repitieron. 

1 comentarios:

Anónimo on: 30 de junio de 2010 a las 18:42 dijo...

hola guillermo, leí tu nota en el diario. Muy buena opinión de cómo se hace parecer una cosa, cuando en realidad se hace otra.
abrazo y felicitaciones. Alejandro

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